Gente On-Line

12 abr. 2013



PARTE I: LA BÚSQUEDA
Transcurría una tarde más de verano, una de esas que se sentían escurrirse entre las fauces del tiempo.
Ambos recorrían ansiosos esos pasajes que ya tan asiduamente conocían, con paso presuroso, exaltado, pero a la vez medido; medido por un objetivo, un fin.  Para los que posaran ojos minuciosos sobre ellos, podrían fácilmente distinguirlo: buscan algo.
Envuelta en lo que podría parecer una caminata de placer, de relax, estos dos jóvenes están al asalto. Están física y mentalmente preparados para esta búsqueda. No es tan sencillo determinar qué es lo que buscan. Pero ellos saben que, si están atentos, lo podrán reconocer cuando aparezca.
Ya habían recorrido un largo trecho, por una parte de su ya comedido recorrido, de su mentalmente planificado camino. Nadie lo exponía, pero ambos sabían por dónde buscar, pues no es la primera cacería a la que enfrentaban. Sin embargo, cada salida es una nueva aventura, y no son pocas las que terminan en desilusión, las que destilan fracaso. El temor, forma también parte del viaje.
Habiendo pasado ya por donde ellos consideraban la locación más fructífera de su trayecto, la zona próspera, el resto del camino los traía con menos esperanzas y un cúmulo mayor de presión. Ya habían descubierto, en sus primeras salidas juntos, que si bien la aventura es exquisita en términos de alegría y excitación, también puede tornarse trastornada y enfermiza. Se necesitan una gran dosis de razón, unos nervios de acero y un ego duro como el diamante, para no salir herido de algunas de las desaventuras como estas.
Emprendían, entonces, la segunda parte del trayecto, ya pasando el puente, la heladería y las compuertas del pequeño dique. El recorrido aquí se torna más complejo, pues, si bien el camino “formal”, el de piedra, sigue bordeando la calle, el camino “informal” se ensancha lo suficiente como para dificultarle a la vista su búsqueda.
Sin embargo, a pocos pasos se detuvieron por un instante: Se detuvieron para saludar. En un banco, uno de los primeros pasando la heladería, pegado al sendero de piedra, se encontraban sentadas una amiga de uno de los jóvenes, junto a dos mujeres más, desconocidas para ellos. No era lo que buscaban, sin embargo, uno de los jóvenes, aprovechando el tiempo en que estaban detenidos, y usando algo que había aprendido hace tiempo -a aprovechar todas las oportunidades-, se sentó en el otro extremo del banco, al lado de una de las desconocidas.

PARTE II: PRIMER ACTO.
Aquí empieza, siempre, un momento de exquisito terror. No importa cuántas veces se practique, cuanta experiencia se gane en este tipo de situaciones, cuán preparado este tu discurso, o cuanta confianza tengas en tu improvisación; en el momento, se siente saltar al vacío. Es apresurarse al infinito, cerrar los ojos –figurativamente-, abrir la boca y dejar escapar un poco de personalidad. Y algo así sucedió: uno de nuestros presurosos jóvenes, en un ataque de naturalidad escupió palabra que, siempre con una sonrisa al pie del cañón, conjugó con variados gestos en la cara y ademanes con las manos. En ese momento, no alcanzaba a distinguir el resultado de este diligente intento, pero tampoco le preocupaba mucho.
Fue cuestión de algunos instantes, tras su amigo darse cuenta de esta maniobra que estaba en proceso y sumarse con sus propias armas lingüísticas a la batalla, para que el resultado empezara a tomar forma.
El resultado en cuestión, cuando es positivo, siempre tiene este tipo de complexión: primero se genera en la víctima (aunque pueda sonar un poco tosca esta palabra, la escojo por comodidad) alguna pizca de asombro e intriga. Hay algo que no concuerda con lo “normal” de una interacción, y eso es cautivante. Luego, creo que en un proceso sumamente veloz, su mente se marea con elementos curiosos y graciosos que emanan del interlocutor. Esto se va dando a tanta prisa (es más, la celeridad con la que este proceso se da es elemento vital para que de hecho funcione) que la persona en cuestión no alcanza a reparar en qué le está pasando, pues prontamente lo deducirá: se está fascinando.

PARTE III: LA FASCINACIÓN
Este nuevo sentimiento de excitación no es eterno, es más bien lo bastante efímero para tener en cuenta lo siguiente: es una ventana dinámica, un portal a la siguiente etapa, pero que debemos saber que se cerrará en pocos minutos. Y así lo entendían nuestros protagonistas. Siempre es preferible tener en mente, antes de entrar a actuar, cual se quiere que sea el resultado de la interacción, pues improvisar todo puede llegar a ser poco efectivo.
En este caso, supieron aprovechar la ventana, y decidieron intentar algo que, dadas las circunstancias, podía funcionar. Digo dadas las circunstancias, porque tras este breve destello de fascinación y buenas vibras, notaron que una de las mujeres llevaba (esto podría ser algo extraño) una baraja de naipes. Excelente puntapié para intentar algo nuevo: “Vamos a jugar a las cartas, eh?” (Nota: Al proponer algo así, cuando estas en este “momento de buenas vibras”, no se espera respuesta, sino más bien se anuncia la decisión).
Minutos después, más retirados de los ojos curiosos, cerca de las compuertas, estaban jugando a los naipes, a algún juego poco ortodoxo.

PARTE IV: EL JUEGO
El juego es una manera más de interactuar. Es llevar la escalada sexual progresivamente, a través de algo divertido e inocente, como puede ser un juego. Si la interacción va bien, y se ha establecido el ambiente correcto (un contexto excitante, divertido y venturoso, por ejemplo), este debería ser un vehículo más que apto. (En fin, volviendo a la historia) Los jóvenes en cuestión sabían esto, y lo estaban practicando casi con maestría. El timing fue exacto y en pocos minutos el juego inocente entró en un espiral de desenfreno. Las cosas se sucedieron con avidez y cuando nadie lo había notado, estaban en un espacio público, retándose a demostraciones cada vez más obscenas.
El juego, en este punto, se torna vehículo y fin en sí mismo. Más allá de cualquier otro objetivo ulterior, la excitación y el deleite que provoca hacer algo más bien poco normal, en condiciones desenfrenadas, provoca sensaciones difíciles de explicar. Creo que, es propia de la juventud, esta ferviente sed de inmoralidad.
Es igual de inmoral contar con detalles los pormenores del juego, pues no es esta una novela erótica. Pero con poco, creo que digo mucho.

PARTE V: LA ANÉCDOTA
¿Y qué queda después de una experiencia así? La anécdota, la memoria del momento. Todo por cuanto se hace algo así. Para vivirlo. No hay otra manera mejor de existir.  

8 abr. 2013

¿Cómo me podés decir egoísta, cuando lo que me hace bien a mi, le hace bien al mundo?
¡¿O me vas a decir que el mundo no necesita personas más felices?!