Gente On-Line

29 ago. 2011

Soy por naturaleza suspicaz. No lo puedo evitar. Probablemente sea algo que he desarrollado con el tiempo, con las experiencias.

Sin embargo, soy conciente que, desde hace un tiempo, me he dedicado a tratar de contener esa suspicacia. Porque tengo el convencimiento, que es más noble confiar por defecto en los hombres. Se ha convertido en un principio propio, mío, tratar de ser mejor.

Pues ahora, dentro de los límites de la verosimilitud de la cuestión, tengo la obligación moral de CONFIAR. Confiaré en la palabra del prójimo sin más promesas que las que profesen sus palabras al partir de su boca. Pero la confianza, derecho que he de otorgar a todo cual confiese algo a mi, tiene un horizonte, que se traza allí donde sus palabras queden evidentemente contrapuestas a la realidad. Cuando sea suficiente el contraste de lo que la razón me dicte en sentencia de la realidad y el panorama prescripto por la palabra ajena, he ahí el vencimiento oportuno e instantáneo de los beneficios de la confianza que deposité en el interlocutor parlante.

Sin más...

...No me mientas por favor.